Cristina en Ferro: Entre Hitler y el llamado al rebaño del PJ

“(Hitler) Llegó al poder en Alemania por las condiciones humillantes e impracticables e incumplibles que los Aliados en el Tratado de Versalles sometieron a la Alemania de la primera Guerra Mundial que acababa de perder la guerra. Después, terminó degenerándose en un proceso económico de inflación y desocupación galopantes», reflexionó Cristina Kirchner, en el microestadio de Ferro, adelante de la armada justicialista bonaerense, de las agrupaciones más leales como La Cámpora y el Nuevo Encuentro, y de referentes de la izquierda Latinoamericana como José Mujica y Dilma Russeff. Presentes e ideales distintos, convocados por el Foro Mundial del Pensamiento Crítico, que organizó el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Una suerte de contracumbre del G20 que se hará en Buenos Aires.

“Hoy han vuelto al FMI con un préstamo de 57700 millones de dólares, que convierten a la Argentina una vez más en meros gestores de políticas que les son impuestas de afuera, además de tener que devolver el dinero. Hoy la Argentina vuelve a tener el cepo estructural que tuvo durante décadas a partir de 1976 y una deuda externa sin precedentes. Endeudaron el país”, sostuvo la multiprocesada ex presidenta y casi segura candidata en 2019. Así lo requiere su armado, lo desea el Gobierno, y la padecen gobernadores y dirigentes con su misma vocación.

El poder en Argentina ha sido una enfermedad para la política. Hace 35 que se acabaron las excusas. Y que se entreveran las culpas por el atraso social y económico en el que han caído todos los gobiernos. Cristina fue la única que tomó un país en condiciones y lo dejó mucho peor que su antecesor. No tuvo que cambiar de moneda, ni luchar contra el partido militar, ni salir del 1 a 1, ni de una recesión. No tuvo que esperar a tener reservas, ni superávit. De sus 8 años, sólo dos vale la pena recordar: 2010 y 2011. El resto fue un descalabro que dejó el BCRA sin reservas, a Argentina sin crédito, al Estado con un déficit insoportable y a la gente humillada a vivir de planes de asistencia social.

Pero tras las crisis de 2008 y 2009, supo recuperarse con una escuela «contracíclica» que adoptó como propia hasta el ridículo, cerrando la economía con métodos más cercanos a la última etapa de su ex amigo Cavallo, que a Keynes. Pero en algo tiene mucha razón. Todos los regímenes dictatoriales, de derecha o izquierda (Hitler encarnó a los dos), no nacen de un repollo. Sino de una necesidad extrema y de una mentira que se encarna como una uña. El dolor que causa salir del populismo radicalizado no tiene igual. La mentira se repite como doctrina.

Que un gobierno no peronista salga de una crisis aplicando las mismas recetas que utilizó el peronismo y sobreviva en el intento sería toda una novedad en la Argentina. Es lo que intentó decir, con otras palabras, el ministro Djovne y todos le cayeron encima. Es torpe ser sincero.

“Dentro de 20 días, el 9 de diciembre, se cumplen 3 años exactos desde que el neoliberalismo se ha instalado en nuestro país”, advirtió Fernández de Kirchner, fiel representante del peronismo de los ’90. Década en la que fue ferviente luchadora de la privatización de YPF, que después recuperó a fuerza de otro monumental negocio para Repsol. Su relación con el Grupo Esquinazi es de lo tanto que aún no se investigó.

Durante un discurso de una hora y dos minutos, la ex mandataria recordó que terminó su gestión “con una Plaza de Mayo colmada, desbordada, como nunca se había visto en la historia, algo inédito” y dijo que eso fue a pesar del “bombardeo mediático de 12 años y medio”.

“Debemos acuñar una nueva categoría de frente social, cívico, patriótico, en el cual se agrupen todos los sectores que son agredidos por las políticas del neoliberalismo, que no es de derecha o de izquierda”, aseveró, en carrera al 2019. En febrero enfrenta su primer juicio oral. La corrupción también fue un recurso de los gobiernos autoritarios para mantener a su estructura. Y no se puede negar que ella la tiene.