La Justicia de Morón condenó a 50 años al empresario Alejandro Leguizamón por el abuso sexual de sus cuatro hijas

El Tribunal Oral en lo Criminal N° 1 de Morón condenó este jueves a 50 años de prisión al empresario Alejandro Rosario Manuel Leguizamón. El vecino de Castelar fue encontrado culpable del abuso sexual de cuatro de sus hijas.

La pena establecida por los jueces Mariana Maldonado, Claudio Chaminade y Juan Carlos Uboldi coincidió con la que había requerido Pablo Masferrer, fiscal del caso, quien había solicitado que se le aplicara la sanción más alta contemplada en el Código Penal.

Leguizamón fue hallado culpable de abuso sexual con acceso carnal reiterados (9 hechos), abuso sexual gravemente ultrajante para la víctima reiterados (3 hechos) agravados por haber sido cometidos por su ascendiente y por la situación de convivencia preexistente, como también por corrupción de menores (4 hechos).

El juicio contra el empresario de 55 años dueño de una fábrica de membranas que vivía en Castelar con su mujer y sus 11 hijos comenzó el 6 de septiembre. Leguizamón fue denunciado por sus hijas Romina (32), Soledad (30), Carolina (29) y Evangelina (27) el 16 de abril de 2016.

En aquel momento, el condenado se fugó y utilizó una identidad falsa para vivir durante tres años en Rafael Castillo, hasta que finalmente fue detenido en 2019. Actualmente está preso en la Unidad Penal 39 de Ituzaingó.

Frente a los jueces, Leguizamón negó todo y denunció que había un plan orquestado por su familia para quedarse con su fábrica de membranas. Por eso, su abogada defensora había solicitado que lo absolvieran. La única autocrítica que hizo el empresario de Castelar fue cuando dijo: “A veces se me iba la mano”.

“Desde que tengo uso de razón fui abusada muchas veces, lo denuncié porque ya era demasiado el acoso. Me costó mucho tiempo tomar esa decisión”, contó hace unos días Romina, la mayor de las seis hijas de Leguizamón.

Además, la mujer relató que su padre le había escrito una carta en la que le proponía que fueran pareja y le decía que hablaran con su madre “para que hiciera terapia y lo aceptara”.

“Lo mío con vos no es abuso, es incesto. Yo estoy enamorado de vos”, fueron las palabras del violador que motivaron a la joven a hacer la denuncia que dio origen a la investigación de la Justicia. La joven comentó que en ese momento su padre la quiso llevar a un hotel, por lo que intentó tirarse del vehículo en movimiento.

«Me costó mucho tiempo tomar la decisión de denunciarlo, pero finalmente lo hice tras hablar con mis hermanas», relató Romina, quien ahora trabaja en el área de la salud, pero cuando era chica lo hacía con su padre en su fábrica de General Pacheco, Tigre, uno de los lugares donde se cometían los abusos.

Según consta en la causa, ella, Soledad, Carolina y Evangelina fueron violadas sistemáticamente por su padre desde que iban al jardín de infantes. En la casa de los Leguizamón de Castelar, el empresario las atacaba cuando las chicas estaban solas o cuando su esposa, hoy de 56 años, se iba.

«Ella también fue víctima de violencia, no se esperaba estas cosas, la pasó mal. La mandaba a hacer compras, que tardara dos o tres horas, que fuera y volviera caminando, y cuando salía para cuidar a mi abuela, que era discapacitada», declaró Evangelina a Clarín.

En una oportunidad, Leguizamón le apuntó con un arma a su esposa y la obligó a su desnudarse y a salir sin ropa a la vereda. También trascendió que la golpeaba «por no cocinarle lo que quería».

Leguizamón tuvo una orden de captura en su contra pero logró mantenerse prófugo durante 28 meses. La DDI de Morón lo detuvo recién en enero de 2019 en una casa de Rafael Castillo, donde estaba escondido y con un arma de guerra en su poder.

“Yo no siento nada por él. Ni siquiera rechazo”, confiesa por su parte Evangelina, de 27 años, rodeada por el resto de sus hermanas. Las jóvenes tienen otros tres hermanos varones y uno de ellos también había revelado abusos por parte de su padre. Con el tiempo, sin embargo, también dijo “haberlo perdonado”.

Los abusos contra las hijas mujeres empezaron cuando todavía iban al jardín, entre los tres y los cuatro años. No las dejaba tener novio ni salir de la casa. Las llamaba “las chinitas”, y la orden era “que se turnaran para rascarlo en el cuerpo y los genitales”. Solía hacerlo después de dar otra orden, a su mujer. Que “debería irse a hacer las compras del día y tardar entre dos y tres horas”.

Pero el colmo fue la carta que de puño y letra Leguizamón le escribió a su hija mayor: “Lo nuestro no es abuso. Es incesto; estoy enamorado de vos. Quiero que seas mi pareja. Hablemos con tu mamá. Tiene que ir a terapia y entender lo que nos pasa”.